llanuras

Marina Tsvietáieva y sus otros

En algunos lugares está escrito que fue el 8 de octubre de 1892 el día que nació la poeta rusa Marina Tsvietáieva. Hoy pienso en ella, en su memoria escrita, en sus afectos hacia Natalia Goncharova, Maximilián Voloshin, Borís Pasternak y Rilke. En la poesía de su prosa, porque fue el camino que me aproximó a ella. Ahí, en esas obras, se encuentran presentes la capacidad y el interés de Tsvietáieva por querer ver, querer entender y amar al otro. «Oh, esto después entrará en armonía – como sucedió con Goncharova. La conciencia creció hasta el instinto, no consiguió estar con él en armonía, pero se fundió con él. Con el primer lienzo (con el hecho - el acto – del primer lienzo, cualquiera que fuera) Goncharova se convierte en una fuerza vidente, en algo casi divino.» Capacidad de espera, ojos abiertos, colores.

¿En qué se convirtió ella, Marina? ¿En quién?

En el libro dedicado a Goncharova, escribe: «Y entonces yo, a los quince años, me refugié de la vida: de las amistades, de los conocidos, de los amores – ¡en la poesía!..» A los diecisiete años aparece en su casa moscovita de Triojprudni y en su vida, el poeta Maximilián Voloshin. Acude a la adolescente Tsvietáieva para mostrarle el artículo que había escrito sobre ella, a propósito de la publicación de su  poemario Álbum vespertino. «Tsvietáieva no piensa, – vive en sus versos.» Allí se originó y comenzó a crecer una amistad, que se prolongaría hasta que los pasos del escritor caminante dejaron de sonar. Así recuerda la poeta ese primer encuentro: «Y conversamos -sobre qué escribo y cómo escribo, qué amo y cómo amo – la entrega absoluta, el ahondamiento, el penetramiento, los ojos puestos en el rostro y en el alma del otro – y qué ojos: claros casi hasta la blancura, agudos casi hasta la punzada (así brotan las lágrimas cuando miras insistente una luz intensa, solo que aquí es la luz la que te mira con insistencia), no son ojos, son – un taladro. Penetrantes.» En el libro Voz de vida, Tsvietáieva sostiene la memoria de su amigo, a través de lo que fue él y de lo  que crearon los dos. «Max pertenecía a una ley distinta de la humana y nosotros, al caer en su órbita, inevitablemente caíamos en su ley. El propio Max era un planeta. Y nosotros, que girábamos alrededor de él, también girábamos con él en otro círculo, uno mayor, alrededor de un astro que ni si quiera conocíamos.»

Con Borís Pasternak además de la poesía, el vínculo venía por ciertas similitudes en la biografía de ambos. Hacia Rilke sentía una inmensa admiración «¿Qué le queda por hacer a un poeta después de usted?» En la pasión de Rilke por Rusia nacida a finales del SXIX, se pueden encontrar las raíces de la valiosa correspondencia que tuvo lugar años después entre los tres poetas. Y de ahí el libro Cartas del verano de 1926. El 3 de junio de ese año, desde Francia, Tsvietáieva escribía a Rilke: «Mucho, de hecho, todo permanece en el cuaderno. Para ti solo algunas frases de mi carta a Borís Pasternak: “Más de una vez te pregunté qué haríamos juntos en la vida, y en una ocasión me respondiste: Iremos a ver a Rilke.” »

Querida Tsvietáieva, gracias.

 

Ana Corroto

 

*Los tres libros han sido publicados por la editorial Minúscula - Colección “Con vuelta de hoja”

      Viva voz de vida (Traducción de Selma Ancira)

      Natalia Goncharova. Retrato de una pintora (Traducción de Selma Ancira) 

      Cartas del verano de 1926 (Traducción de Selma Ancira, Adan Kovacsics y Francisco Segovia)